Cuando Alan Parrison cumplió treinta años, perdió la llave de la puerta de los sueños.
Era tarde, llovía. El agua caía pesadamente sobre un cuerpo caído en unas escalerillas de piedra en la puerta de una casa. De repente, ante los ojos del hombre comenzaron a pasar rápidamente una serie de secuencias.
Desde su infancia, Alan había sido un chico soñador. Le gustaban mucho las películas y los libros de fantasía y aventuras como, por ejemplo, Harry Potter. De hecho, como sus padres eran profesores de literatura, siempre había tenido una necesidad imperiosa de leer.
Cuando el pequeño Alan acababa un libro le gustaba identificarse con el propio Harry Potter e iba corriendo por el pasillo de su casa dando saltos y gritos mientras sus padres le regañaban. Tal vez por eso, Alan no tuvo una infancia especialmente feliz y tenía que resguardarse en sus sueños.
Pasaron los años y el pequeño Alan ya se había convertido en un adolescente. Era un verano muy caluroso el que se estaba viviendo en Gran Bretaña y los chicos y chicas iban a bañarse a la piscina del pueblo habitualmente. La piscina era un recinto bastante amplio y espacioso para la poca gente que solía vivir en ese pueblo aunque por esas fechas, el pueblo solía llenarse de gente que, o bien tenía una segunda casa allí, o bien simplemente habían alquilado alguna de las viejas estancias de un hotel casi abandonado.
Al lado de ese viejo hotel, en una pequeña casa, vivía una familia un tanto peculiar, diferente a cualquier familia inglesa media.
La casa no era muy grande, vieja, y mal pintada, por lo menos la fachada. Tenía no más que la puerta y una ventana de cara a la calle. Tras esa ventana, se escondía una estancia increíblemente acogedora. La leña ardía en la chimenea, y, aunque afuera hacía muchísimo calor, en el pequeño salón-comedor de los Parrison, la temperatura era extraordinariamente perfecta, ya que ni hacía mucho calor ni hacía mucho calor pero tampoco mucho frío. La salita estaba amueblada con una mesa camilla, varios sofás viejos, un mueble aparador, unas estanterías llenas de libros y una mecedora con las patas carcomidas. En esa mecedora estaba sentado Alan, leyendo, como de costumbre. Alan había crecido en cuanto a estatura, pero sus costumbres no habían cambiado en absoluto. Su madre entró por la puerta del comedor con la merienda de Alan en una bandeja. Debido a la disposición y el tamaño de la habitación, la mujer tuvo que moverse con mucha habilidad para dejar la merienda en la mesa sin derramar una sola gota de leche.
-Alan, tu merienda está encima de la mesa.
-Ahora mismo, mamá- contestó Alan sin levantar los ojos del libro.
La madre salió de la habitación casi como había entrado y dejó a Alan solo otra vez. El chico siguió leyendo varios minutos más hasta que acabó el capítulo, puso su marcapáginas por la hoja en la que, precisamente, moría uno de los personajes, y cerró el libro. Se levantó de la mecedora dejándola balancearse por sí sola durante un momento y se acercó con paso corto a la mesa. Dejó encima de ésta su libro y se sentó en el sofá más cercano a la mesa. Cogió la merienda en la soledad de la estancia y se apenó la comprobar nuevamente que no tenía televisión. Todos los días durante verano vivía esa misma rutina y había veces que se lamentaba de no tener televisión o, por lo menos, un amigo con el cual poder charlar en momentos así.
Alan tuvo que conformarse con mirar por la ventana. Lo hizo. Lo primero que Alan vio al asomarse fue la carretera que cruzaba por esa parte de la ciudad. No era una ciudad muy grande pero al estar cerca de Londres, esa carretera estaba extremadamente transitada. De repente, todos los coches se quedaron quietos y Alan se quedó muy extrañado. Miró hacia los dos lados y encontró el porqué de este parón. Dos metros más abajo de la ventana de Alan, habían instalado un nuevo semáforo que regulaba el tráfico. También habían pintado en el suelo un paso de peatones. Alan se dijo a sí mismo que tenía que salir más a la calle.
Seguidamente, los ojos de Alan acompañaron el camino que hacían unos jóvenes chicos que Alan reconocía a través del paso de peatones. Los miró hasta la acera de enfrente que entonces sus ojos se desviaron. Se fijaron en una pareja de jóvenes. Una pareja que conocía. La chica, de unos dieciséis años, era alta, rubia y muy atractiva. El chico que la acompañaba era su novio. La pareja era muy reconocida en el instituto ya que él era jugador en el equipo de fútbol y ella era una de las animadoras. La pareja entró en los almacenes y Alan se dijo que ya no había razones para estar embobado frente a la ventana. Se apartó de ella y volvió a la mecedora donde estaba leyendo para retomar su actividad. Y así lo hizo.
Pasaron los meses y con ellos se fue el verano, el calor y las vacaciones para dar paso al otoño, el frío y la vuelta a los estudios.
Era el primer día de instituto y también era el primero que llovía en Inglaterra desde hacía semanas. Alan se levantó pronto para así tener suficiente tiempo para prepararse bien para el primer día. Bajó a desayunar y cuando lo hizo, cogió su mochila y su paraguas y se marchó rumbo al instituto.
Llegó allí media hora antes de que tocara la sirena y se encontró solo, como de costumbre. Fue a dar una vuelta por el patio de recreo ya que aún no habían abierto las puertas interiores. Se dio cuenta de que el patio no había cambiado en nada, excepto en que los grandes árboles estaban sin hojas, pero Alan comprendió esto como un ciclo natural.
Poco a poco fueron llegando coches con alumnos dentro. Alan reconocía a algunos, pero no a todos. Cuando faltaban diez minutos para tocar el timbre, se abrieron las puertas del edificio y se anunció por megafonía que ya estaban las listas de clase de ese año puestas a disposición de todos los alumnos en el tablón de anuncios junto a conserjería. Alan se dirigía hacia allí cuando vio aparecer por la puerta del colegio a Sherry Vance. Se quedó embobado mirándola, como aquella lejana tarde de verano desde su ventana. Iba vestida con una falda por encima de las rodillas y botas altas. También llevaba un top debajo de una preciosa chaqueta de punto. Su pelo rubio iba suelto y bien peinado. Alan creyó que no había visto nunca, en la vida, a una chica tan hermosa. Cuando Sherry tornó la esquina, Alan volvió en sí pero se le quedó grabada en la mente esa bella imagen y se juró a sí mismo que no olvidaría nunca es escena.
Alan se acercó vergonzoso al tablón de las listas y pidió permiso a unos chavales que seguramente era la primera vez que iban al instituto porque se les veía muy ilusionados. “No pensaréis lo mismo al acabar el curso”, pensó Alan.
Alan creía que su instituto era duro, quizá extremadamente duro, pero él lo sabía y también sabía que tenía que esforzarse si quería ser algo provechoso en la vida.
Se acercó por fin a las listas y les dio una rápida ojeada. Vio que estaba con casi todos los chicos y chicas del año anterior. Su tutora era la señorita Fergie Howard. Era una joven profesora de Literatura Hispánica que había empezado el año anterior en ese instituto, pero no era mala profesora. Miró a los demás profesores y en especial al de Historia. El nombre de este profesor era Marc, Marc Parrison. A Alan le dio un vuelco el corazón cuando supo que su padre le iba a dar Historia en este curso. Pensó que quizá no era tan malo el sistema educativo.
Pasaron varios días y Alan estaba bastante a gusto con su clase. Iba con sus amigos Angus y Rose, que también eran un poco raritos. En su clase también estaba Sherry Vance pero esta no le hacía mucho caso a Alan ni a sus amigos. Era miércoles, a tercera hora de la mañana. Era la primera clase de Historia que iban a dar en el curso y Alan estaba bastante nervioso. Esto se debía a que si su padre era duro, en su clase se ganaría una mala fama, cosa que no le hacía mucha gracia.
El señor Parrison entró como una exhalación en la clase arrastrando tras de sí un pequeño carrito lleno de libros. El profesor anunció con voz potente:
-A ver chicos, levantaos en orden y coged un libro cada uno. Son los que utilizaremos en este curso.
-Entonces no tenemos que comprar libro señor profesor
-No, yo os lo presto.
Dicho esto, por orden, todos los alumnos se iban levantando y cogían un libro. Después se sentaban en su sitio y se callaban. La disciplina era uno de los valores esenciales en el instituto Higwall y por eso eran tan estrictos los profesores.
Cuando todos hubieron cogido su libro, el señor Parrison empezó a dar su clase. Empezaron con la época feudal en Inglaterra, cosa que no parecía gustar mucho a sus alumnos ya que más de la mitad de la clase se estaba durmiendo. Si al señor Parrison algo no le gustaba era que los jóvenes estudiantes se aburriesen en sus clases y por eso se cabreó con ellos. Empezó a darles una charla sobre la importancia de la historia y de su educación cuando, de repente, fue interrumpido por la sirena. Todos los alumnos se levantaron rápidamente de sus sillas y se fueron, dejándole con la palabra en la boca. El padre de Alan, impotente por no poder hacer nada, se mosqueó y se le ocurrió una idea de la que más tarde se arrepentiría.
Al día siguiente, todos los alumnos volvían al instituto. Unos con más ganas y otros con menos pero todos volvían. A primera hora tocaba una asignatura nueva, llamada Educación para la Seguridad Vial. Pasó esa clase. Y también las siguientes. Y llegó la última hora. Tocaba Historia. La clase del señor Parrison. Cuando el profesor entró por la puerta, los alumnos estaban armando jaleo y tirando papeles. El señor Parrison, arrojando su maletín encima de su mesa, se puso a repartir unas hojas sobre los pupitres y a pedir orden. Los alumnos, alborotados, empezaron a quejarse de forma agria ya que sabían que iban a tener que hacer un examen sorpresa. El padre de Alan, cuando terminó de repartir los folios, fue hacia su mesa, se sentó en su silla y anunció:
-Señores, tienen cincuenta minutos para hacer el test. Con menos de un cinco de nota nadie aprueba el curso. ¡Suerte!
Acto seguido sacó un libro de su maletín, subió los pies en la mesa y se puso a leer. Faltando diez minutos para acabar la clase, el profesor cerró el libro, se levantó y fue pasando mesa por mesa dejando unas cuartillas. Después, dijo que eran unas hojas informativas para una reunión de padres que tendría lugar dentro de una semana en el instituto.
Pasaron los días y al cabo de unas semanas, tuvo lugar la reunión de padres en el instituto. Para esas fechas, el señor Parrison ya había dado las notas. Más de la mitad de la clase había suspendido, de hecho, solo cinco personas de veintitrés habían conseguido aprobar. Entre esas cinco personas se encontraba Alan y Sherry. En la clase había un descontento general hacia Alan, ya que creían que, como era el hijo del profesor, había aprobado.
En la reunión, muchos de los padres se habían quejado de la actitud del profesor. En esa reunión, no pasó nada bueno, de hecho, habían agredido brutalmente al señor Parrison, tan brutalmente que, días después de la reunión, el padre de Alan Parrison murió tristemente en el hospital.
Pasaron los años, exactamente 14 años. Catorce largos años en los que Alan había madurado y se había convertido en un verdadero hombre. Actualmente, Alan tenía 29 años pero faltaba menos de una semana para su cumpleaños. Alan había dejado de ser el inocente niño que se pasaba días enteros leyendo, para convertirse en uno de los mejores economistas del mundo. Sin embargo, había algo en la conciencia de Alan que no había quedado aún muy claro. Esa cuestión era la muerte de su padre. Para él, este asunto estaba resultando todo un misterio porque aunque él creía que su padre había muerto de un infarto, hacía días que había comprobado que no era cierto. Hacía varios días, una guapa mujer llamada Sherry Vance, le había dicho que todo lo que él creía era una farsa y que ella sabía la verdadera historia sobre la muerte de su padre. Alan conocía a Sherry de su paso por el instituto y que no creía que le estuviese tomando el pelo pero, por si acaso, Alan había quedado con ella en una cafetería para aclarar las cosas.
Iba hacia la cafetería donde había quedado con Sherry. Llevaba un paraguas en la mano para así poder cubrirse de las lluvias torrenciales que asolaban por esas fechas al país. Le costó un poco llegar a la cafetería porque el suelo estaba mojado y un tanto resbaloso pero cuando lo hizo, comprobó que Sherry le estaba esperando. Cuando Alan entró, Sherry se puso en pie, avanzó hacia él, le dio dos besos y le dijo:
-¡Felicidades, Alan!
-Veo que aún te acuerdas de la fecha de mi cumpleaños.
-Pues ya ves que sí, siéntate, por favor.
Alan tomó asiento y pidió un café al camarero. Mientras tanto, Sherry ya había comenzado su relato sobre lo que sabía acerca de la muerte de su padre. La chica le dijo que, en la reunión, varios padres se habían molestado con él por suspender a sus hijos y habían incluso llegado a abalanzarse sobre él. Incluso uno, consiguió propinarle un puñetazo y lo dejó inconsciente. Cuando la ambulancia se lo llevó al hospital, se dieron cuenta que le había dado un traumatismo craneoencefálico a causa del puñetazo y que esto le había causado la muerte.
Alan abrió unos ojos como platos cuando su amiga le contó la historia y, cuando él lo creyó conveniente, se levantó dejando un billete en la mesa y salió rápidamente del bar.
Si Sherry decía lo cierto, el asesino de su padre era un tal Max “el grapas”. Era un ladronzuelo de poca monta que había estado varias veces en la cárcel. Alan sabía donde vivía y fue directo hacia su casa para pedir explicaciones. Mientras iba andando, un pequeño arrebato de ira iba acrecentándose en su interior.
Llegó a la casa y llamó repetidamente a la puerta. Abrió un hombre de unos cincuenta años. Alan, sin más dilaciones preguntó:
-¿Vive aquí Maximilian Vonder?
-Sí, soy yo, ¿qué desea?
-¿Usted mató a un tal Marc Parrison?
-¿Cómo sabes tú eso?
Acto seguido, y sin pensarlo dos veces, Alan le propinó un puñetazo al viejo y este fue a parar unos metros más allá de la puerta.
El hombre, con un rápido movimiento, sacó una pistola del cajón del mueble de la entrada y, ágilmente, disparó hacia Alan, que cayó de espalda contra los escalones de la entrada.
A Alan se le nublaron los ojos y de repente, todo se volvió negro y triste. Con un último suspiro, Alan Parrison perdió la llave de sus sueños, además de su vida.

Hay muchos tipos de relatos, buenos y malos, cortos y largos, etc.
Este es un buen relato, pero corto, sin pegas salvo su rápido final y lo tópico que resulta.
Es un buen principio con su metáfora incluida, bien escrito, intuitivo y sencillo. Sigue el relato de la misma forma, solo que...tópica y poco imaginativo. No es que sea malo, es que es una típica historia de un chico que crece, se siente marginado, va al instituto, tiene un problema, se reprime y a los años lo intenta arreglar.
Es una historia previsible, pero al fin y al cabo no esta mal el relato.